Cayo malo él. Había estado durante años al servicio del pueblo y ahora le había tocado a él. No tenía a nadie que le cuidara, no tenía familia. La peste le estaba atacando y hoy no podría pasar consulta en la pequeña aldea. Había intentado llegar al consultorio pero no pudo. Sabía que había mucha gente que le necesitaba y que también habían caido en esa enfermedad pero hoy no podía llegar.
Se recostó en la cama y se puso a rezar a la Virgen, a su Reina. La cama le daba vueltas, todo giraba rápido, también su cabeza. Sabía que sucumbia ante esa enfermedad que tanto había intentado pelear contra ella en los aldeanos.
Caía, se le cerraban los ojos y rezaba al tiempo que esta vida de servicio en aquel cuarto solo dejaba. Oyo un grito y una sensación de frio y rigidez en su cuerpo. Despues un extraño calor en su cuerpo que le calmaba. Alguien inclinaba su cabeza y bebió algo de alguien, quizás una sopa, quizás medicina. Algo en la frente le hacía sentirse mejor. La Virgen María entre sueños y rezos con una extraña presencia física se juntaban.
El día que despertó se dio cuenta de que esa extraña presencia mi querido nieto eran cientos de aldeanos que a su medico cuidaban.
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