Se levanto por ella. Por su labradora. Se había puesto encima de él. Notaba ese enorme peso en su tripa y no pudo contener su risa. Su esposa se había ido y ahora era el momento de ella. De su labradora. La apretaba aun la tripa y parecía dormida. Tenía sus ojos mirando los suyos y eso le provocaba una enorme sonrisa. Hizo un suspiro que consiguió que rompiera en una carcajada. No estaba su esposa. No estaba Asli. Solo Aura (su labradora) y él.
La pone la correa y de nuevo con él se enreda.
Y sale al mundo de los querubines y de los ángeles. La atmósfera de Cristo se acerca.
Hay almas que viajan en forma de estrella.
Y la ve de nuevo tan Bella.
Va de azul con su túnica de monja blanca y recuerda aquella escena donde en una noche mágica de estrellas en un portal paría con dolor una dulce princesa.
Y fue mágica porque en esa noche quedo bendecida su alma y el niño que nació de ella.
Convirtiéndose en luz en las tinieblas.
La historia de hoy, a mi labradora Aura, va de la Virgen María y su grandeza.
De Cristo y la vida eterna.
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